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El funcionario que decidió cómo se llamaría un Nobel

Un apodo de hierba silvestre, un funcionario con iniciativa propia y un padre indignado siete años después. Así nació el apellido Saramago.

El funcionario que decidió cómo se llamaría un Nobel

Un hombre entró a una oficina a inscribir a su hijo recién nacido. Salió creyendo que el niño se llamaba José de Sousa. Se equivocaba, pero él no lo sabía todavía.

El 16 de noviembre de 1922, en Azinhaga, un pueblo del Ribatejo portugués, nació el niño que el mundo conocería como José Saramago. Su padre se llamaba Sousa. Ese era el apellido legal, el que correspondía. Pero en Azinhaga los apellidos no eran la forma en que la gente se reconocía entre sí: las familias se identificaban por apodos, y el de esta familia era "Saramago".

Una hierba, un apodo, un apellido

El saramago es una planta silvestre que da una florcita de cuatro pétalos. Crecía al borde de los caminos y llegaba a las cocinas de las casas más pobres. Que una familia entera fuera conocida por ese nombre dice algo sobre cómo funcionaba la memoria de un pueblo pequeño: no con documentos, sino con historia compartida.

El funcionario del registro civil lo sabía. Y cuando el padre dijo que el niño se llamaría José, como él, el funcionario tomó la pluma y, por iniciativa propia, agregó el apodo al apellido oficial. Sin consultar. Sin avisar. Simplemente lo hizo.

Siete años de ignorancia tranquila

Aquí viene el remate que casi nadie cuenta: la familia no se enteró. No ese día, no esa semana, no ese año. El asunto durmió en el papel durante siete años completos, hasta que llegó el momento de matricular al niño en la escuela primaria y hubo que presentar la partida de nacimiento. Fue entonces cuando el padre leyó el nombre de su hijo y se indignó. José de Sousa Saramago. Ahí estaba, en tinta, decidido por alguien que no era él.

La indignación es comprensible. Hay algo profundamente irritante en descubrir que una decisión sobre tu propia familia ya fue tomada, archivada y olvidada hace siete años por un desconocido detrás de un mesón.

Alguien decidió, en una oficina, cómo se iba a llamar un premio Nobel

Llamarlo "error" es la salida fácil. Lo documentado es otra cosa: el funcionario actuó por iniciativa propia. No confundió nada. Eligió. Y esa diferencia hace mejor la historia, porque convierte un trámite burocrático menor en uno de esos momentos absurdos en que la historia se tuerce sin que nadie lo note. Un hombre anónimo, en una oficina de un pueblo pequeño, tomó una decisión que duraría para siempre.

El apellido quedó. La indignación del padre se fue diluyendo, como pasa con casi todo. Y el niño creció con el nombre de una hierba silvestre que se comía en las casas pobres, hasta que ese nombre se volvió uno de los más reconocibles de la literatura en lengua portuguesa. Queda la pregunta, claro: ¿cuántas otras historias así duermen en los archivos de registros civiles que nadie va a revisar?

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