Julio Cortázar era tan alto que la anécdota se la contaba él mismo, antes de que alguien más se la señalara.
Un metro noventa y tres. Y encima, según decía con ese tono que oscilaba entre la burla y la queja genuina, había seguido creciendo después de adulto.
El hombre que se salía del marco
No era solo impresión ajena. Quienes lo conocieron lo confirmaban a su manera, cada uno con su propio foco.
Jorge Luis Borges lo recordaba como un joven muy alto. Eduardo Galeano, más preciso o más curioso, se fijó en la longitud llamativa de sus brazos. Dos maneras distintas de decir lo mismo: este hombre no cabía del todo en el espacio que ocupaba.
Hay algo casi cortazariano en eso. El autor de Rayuela pasaba la vida escribiendo sobre umbrales, sobre lo que no encaja, sobre la incomodidad de estar en un lugar y pertenecer a otro. Y él mismo tenía que agacharse para entrar.
La explicación que nunca llegó
Con los años, y sobre todo después de su muerte el 12 de febrero de 1984, se propusieron varias hipótesis médicas para explicar su estatura y ese crecimiento que él describía en la adultez.
Ninguna prosperó. Algunas fueron rebatidas por otros especialistas. Hay quienes sostienen, simplemente, que 1,93 metros es estatura alta constitucional: dentro del rango humano, sin más misterio que la genética.
Lo que quedó fue la anécdota tal como él la contaba. Y eso, en el caso de Cortázar, no es poco.
Lo que agiganta no siempre tiene diagnóstico
Hay autores que te agrandan la cabeza al leerlos. Cortázar era de esos, y además te agrandaba la perspectiva de lo que una novela podía hacer.
Rayuela no se lee: se recorre. Cambia el orden de las cosas, te propone dos libros en uno y te deja con la sensación de que el espacio entre los capítulos también dice algo.
Que el hombre que escribió eso haya seguido creciendo más allá de lo explicable tiene una lógica poética que ningún diagnóstico necesita completar.
¿Qué autor te ha agrandado la cabeza —o la perspectiva— al leerlo?
