Vinícius de Moraes llevó dos vidas al mismo tiempo durante más de dos décadas, y ninguna de las dos fue discreta.
Cónsul de día, poeta de noche
En 1943 aprobó el examen de Itamaraty, el riguroso concurso de ingreso al servicio exterior brasileño. No era un trámite menor: Itamaraty forma a la élite diplomática del país, y entrar exige dominio de idiomas, historia, derecho internacional y una capacidad de redacción que, en el caso de Vinícius, nadie iba a discutir.
En 1946 asumió como vicecónsul en Los Ángeles. Después vinieron París, Montevideo y de nuevo París en 1963. Mientras despachaba visas y redactaba cables diplomáticos, también estaba componiendo con Tom Jobim, colaborando con João Gilberto, Toquinho, Edu Lobo y Chico Buarque, y construyendo, canción por canción, lo que el mundo entero terminaría llamando bossa nova.
El argumento oficial: embriaguez
A fines de los años sesenta, bajo el Acta Institucional número 5 —el decreto más duro de la dictadura militar brasileña, que suspendió garantías constitucionales y habilitó purgas en todas las instituciones del Estado—, una comisión de investigación creada por el gobierno pidió el retiro compulsivo de Vinícius de Moraes del servicio exterior. El argumento consignado fue "embriaguez". Veintiséis años de carrera terminaron así.
Vale la pena detenerse en ese dato, porque es administrativo, no biográfico. Lo que quedó escrito en el expediente oficial fue una causal de conducta. Lo que no quedó escrito fue el contexto: el AI-5 fue el instrumento con el que la dictadura removió a cientos de funcionarios, académicos, militares y artistas que no encajaban en el proyecto del régimen. Vinícius no encajaba en ningún sentido imaginable.
La reparación que llegó tarde, pero llegó
En 1998, el Ministerio de Justicia de Brasil lo amnistió póstumamente. Vinícius había muerto en 1980.
En febrero de 2010, la Cámara de Diputados aprobó su promoción póstuma a ministro de primera clase del Ministerio de Relaciones Exteriores: el rango más alto de la carrera diplomática brasileña, equivalente a embajador. Treinta años después de su muerte, el Estado brasileño reconoció formalmente que la salida no había sido una jubilación honrosa.
Lo que el canon no suele contar
La historia oficial de la bossa nova celebra las noches en Ipanema, las guitarras en departamentos pequeños de Río, la síntesis entre samba y jazz. Todo eso es real y es hermoso. Pero hay una capa que se cuenta menos: que uno de sus fundadores pasó más de dos décadas sirviendo al Estado que después lo expulsó, y que ese mismo Estado tardó décadas en reconocer lo que había hecho.
La pregunta que queda abierta no es musical. Es sobre cómo los países deciden qué vidas merecen reparación, cuándo, y por qué siempre parece ser más fácil ascender a alguien cuando ya no puede recibir el nombramiento.
