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Tenía 18 años cuando imaginó a Frankenstein

Mary Shelley escribió el monstruo más famoso de la literatura siendo casi una niña. ¿Qué dice eso de los límites que le ponemos a la creatividad joven?

Tenía 18 años cuando imaginó a Frankenstein

Mary Shelley tenía 18 años y una tormenta afuera cuando se le ocurrió Frankenstein. No fue en una clase de escritura creativa ni con un contrato editorial sobre la mesa.

Fue en una noche de verano de 1816, en una villa junto al lago Lemán, rodeada de adultos brillantes —Lord Byron, Percy Shelley, John Polidori— que se habían propuesto un juego: cada uno inventaría una historia de terror. De esa noche también salió El vampiro de Polidori, que fundó su propio género. Pero el que se quedó fue el de ella.

Una adolescente en la mesa de los genios

Mary tenía todo en contra para que la tomaran en serio: era mujer, era joven, y vivía en una época que no combinaba bien ninguna de esas dos cosas. Pero también tenía algo que los otros no: una imaginación que no pedía permiso.

Lo que escribió no era solo un monstruo cosido con partes de cadáveres. Era una pregunta filosófica enorme —¿qué responsabilidad tiene el creador sobre lo que crea?— disfrazada de novela gótica. Publicó Frankenstein; or, The Modern Prometheus en 1818, de forma anónima. Porque claro.

El monstruo que se volvió espejo

Dos siglos después, Frankenstein sigue siendo uno de los textos más citados cuando hablamos de inteligencia artificial, bioética, clonación, poder científico sin límites morales. Mary Shelley no predijo el futuro: diagnosticó algo eterno en la naturaleza humana.

Y lo hizo antes de poder votar, antes de que le permitieran firmar con su nombre, antes de que nadie le preguntara su opinión.

Lo que eso dice de los escritores jóvenes de hoy

Hoy hay una generación entera de escritores menores de 25 años publicando en plataformas independientes, en sellos pequeños, en sus propias redes. Se les suele decir que les falta experiencia, que deben esperar, que la madurez llegará.

Mary Shelley les respondería desde 1816: la obra no espera a que tengas la edad correcta. El monstruo aparece cuando aparece, y tu trabajo es no soltarlo.

¿Cuántas Frankensteins estarán durmiendo hoy en los borradores de alguien de 18 años que todavía no se atreve a mostrarlo?

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