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Juan Rulfo vendía neumáticos mientras escribía para la eternidad

Agente viajero de día, genio de la literatura de noche: cómo Rulfo construyó su obra maestra entre carreteras y facturas de hule.

Juan Rulfo vendía neumáticos mientras escribía para la eternidad

Juan Rulfo recorría México en auto vendiendo neumáticos. Al mismo tiempo, estaba escribiendo dos de los libros más importantes de la lengua española.

No uno antes y el otro después. Los dos, juntos, en paralelo.

El vendedor que llevaba una libreta en el asiento del copiloto

Desde 1946, Rulfo trabajó como agente viajero para Goodrich-Euzkadi, una fábrica de neumáticos. El trabajo era simple en concepto y agotador en práctica: manejar, visitar clientes, vender, seguir manejando. México entero como oficina.

Algunos críticos han leído esos recorridos por carreteras polvorientas y pueblos del interior como un posible trasfondo de la geografía de Pedro Páramo y El Llano en llamas. Es una lectura atractiva, aunque hay que decirlo con honestidad: es una interpretación, no un hecho documentado. Lo que sí es un hecho es que Rulfo escribía. Y que lo hacía mientras también tenía que vender llantas.

El despido más literario de la historia

En 1952, Goodrich-Euzkadi despidió a Juan Rulfo. El motivo: había pedido que le instalaran una radio en el auto de la empresa.

Tómate un segundo con eso. El hombre que estaba construyendo una de las obras más influyentes del siglo XX en español perdió su trabajo por querer música en el camino. No por ausentismo, no por mal desempeño, no por nada épico. Por una radio.

Hay algo en ese detalle que dice más sobre la burocracia y el azar que cualquier ensayo sobre el destino de los artistas.

Dos libros que bastaron, pero no fueron solo dos

Aquí conviene detener la leyenda un momento, porque la fórmula popular —"Rulfo solo escribió dos libros y desapareció"— es cómoda pero inexacta.

Lo correcto es esto: Rulfo publicó en vida dos libros de ficción que lo consagraron. Pero también escribió El gallo de oro, una novela corta que terminó entre 1956 y 1958 y que no se publicó hasta 1980; una versión corregida apareció en 2010, después de su muerte. La Fundación Rulfo conserva además fragmentos de dos novelas inconclusas, La cordillera y Ozumacín. Y fue, por si fuera poco, un fotógrafo notable con obra propia y participó activamente en el mundo del cine.

La leyenda del escritor silencioso es poderosa y tiene su encanto. Pero tapa una parte del mapa.

Lo que no sabemos, y está bien no saberlo

Por qué Rulfo dejó de publicar después de Pedro Páramo es la pregunta favorita de su mitología. Hay teorías, hay especulaciones, hay anécdotas que circulan como si fueran hechos. Pero la verdad documentada es que no hay una respuesta. Nadie sabe, o al menos nadie lo dejó registrado de forma consistente.

Y quizás eso también es parte de la obra.

Lo que sí queda es la imagen: un hombre manejando por México, con una libreta en el asiento del copiloto, vendiendo neumáticos de día y escribiendo mundos de noche. Sin radio. Con todo el ruido del motor y del paisaje.

¿Cuánto de lo que producimos importa, y cuánto basta con escribir algo que no se pueda olvidar?

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