Ernesto Sábato se doctoró en física, ganó una beca internacional y llegó a investigar en uno de los laboratorios más prestigiosos del mundo. Y después lo dejó. Esa parte la conoce casi todo el mundo. Lo que se cuenta menos es cómo lo dejó.
El físico que fue a París y volvió distinto
En 1937 Sábato obtuvo su doctorado en Física en la Universidad Nacional de La Plata. Al año siguiente, la Asociación Argentina para el Progreso de las Ciencias le dio una beca anual para investigar radiaciones atómicas en el Laboratorio Curie de París, que para entonces llevaba el nombre de Marie Curie —fallecida en 1934— pero seguía siendo un centro de referencia mundial.
Lo que París le dio no fue solo ciencia. Ahí entró en contacto con el movimiento surrealista, y ese encuentro pesó. Cuando volvió a Argentina en 1940, la decisión ya estaba tomada: quería escribir, no investigar átomos.
El mito del portazo que no existió
Acá viene el matiz que el relato popular suele saltarse.
Sábato no tiró el guardapolvo sobre el escritorio y se fue a escribir novelas al día siguiente. Volvió decidido, sí, pero siguió dando clases de física y mecánica cuántica en la Universidad de La Plata. No por duda ni por miedo al salto: las condiciones de la beca implicaban un compromiso con la institución que lo había financiado, y él lo cumplió.
La salida fue gradual. Entre 1940 y mediados de esa década, la docencia y la escritura convivieron. No hubo un momento de ruptura dramática, sino un desplazamiento lento en el que un mundo fue cediendo espacio al otro.
Cuando el ensayo le dio la razón
El primer reconocimiento literario llegó en 1945, con Uno y el universo, un libro de ensayos que ganó el Primer Premio Municipal de Literatura de Buenos Aires. Para entonces ya no era el físico que escribía: era el escritor que había sido físico.
Después vendrían El túnel y Sobre héroes y tumbas, las dos novelas que lo instalarían en el canon latinoamericano. Pero eso ya es otra historia.
Lo que queda de la pregunta
La versión heroica —el científico brillante que lo deja todo por el arte— es más linda que la real. La real es más interesante: un hombre que toma una decisión clara y después la ejecuta con paciencia, sin drama, cumpliendo compromisos mientras construye otra cosa en paralelo.
La pregunta que deja esa cronología no es "¿por qué lo dejó?". Es otra: ¿cuántas personas toman la decisión y nunca encuentran la manera de ejecutarla?
