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Sor Juana y los cuatro mil libros que desaparecieron

En 1690 un obispo publicó un texto suyo sin pedirle permiso, disfrazado de monja. Ella respondió con un escrito que sigue leyéndose. Sus libros, no.

Sor Juana y los cuatro mil libros que desaparecieron

Imagina que tu jefe publica un texto tuyo sin avisarte, le pone el nombre de una mujer ficticia y aprovecha para regañarte. Eso, más o menos, fue lo que vivió Sor Juana Inés de la Cruz en 1690. La diferencia es que ella no mandó un correo furioso: escribió uno de los textos más importantes de la literatura en español.

Una celda que era una biblioteca

En el convento de San Jerónimo, en Ciudad de México, Sor Juana había construido algo poco común para cualquier persona de su época y prácticamente inaudito para una mujer: una biblioteca de cerca de cuatro mil volúmenes, más instrumentos musicales y científicos. Era, en los hechos, uno de los centros intelectuales más ricos de la Nueva España. Todo eso dentro de una celda.

Su fecha de nacimiento exacta está en discusión —las fuentes manejan dos años posibles—, pero lo que no se discute es que desde joven su curiosidad fue voraz y que el convento, lejos de apagarla, le dio el tiempo y el espacio para alimentarla.

El obispo que se disfrazó de monja

En 1690 circuló la Carta Atenagórica, un texto en que Sor Juana analizaba y refutaba un célebre sermón del predicador jesuita portugués António Vieira. El problema no era el análisis: era brillante. El problema era quién lo había publicado y cómo.

El obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz, publicó el texto sin el permiso de Sor Juana. Y le añadió una carta de reprimenda firmada con el seudónimo Sor Filotea de la Cruz. No era ninguna monja: era él. El recurso es notable: la crítica llegaba disfrazada de consejo fraterno, con voz femenina y tono afectuoso, diciéndole que una mujer tan talentosa debería ocupar su mente en asuntos más espirituales y menos mundanos. El texto de la reprimenda se conserva; sus razones para elegir ese disfraz, no están explicadas en las fuentes.

La respuesta que no se puede ignorar

Sor Juana contestó con la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz. Es un texto autobiográfico, argumentativo y sin concesiones: defiende el derecho de las mujeres al estudio, repasa su propia historia intelectual y responde punto por punto. No hay registro de que ella supiera con certeza que detrás del seudónimo estaba el obispo, pero su respuesta no necesitaba saber el nombre: le hablaba directamente al argumento.

Ese texto se sigue leyendo. Las cartas originales —la de Sor Filotea y la Respuesta— se conservan y han sido publicadas desde la Biblioteca Palafoxiana de Puebla.

Los libros que se fueron

Entre 1692 y 1693, la biblioteca de Sor Juana fue llevada al Arzobispado de México. Los volúmenes se vendieron y lo recaudado se repartió como limosna entre los pobres. Aquí las fuentes piden cuidado: no está establecido si Sor Juana renunció a sus libros por decisión propia o si fue presionada a hacerlo. Se ha documentado la presión de la jerarquía eclesiástica, en particular la del arzobispo Aguiar y Seijas a través de su confesor, Antonio Núñez de Miranda. Pero no existe un acto de obligación documentado. Lo que sí existe es la presión, y la biblioteca vacía como resultado.

Murió el 17 de abril de 1695, contagiada mientras cuidaba a monjas enfermas durante una epidemia.

Lo que sigue costando

El episodio completo —el texto publicado sin permiso, la reprimenda con nombre falso, la biblioteca que desaparece en circunstancias todavía discutidas— no necesita adornos para pesar. Lo que hace grande la Respuesta no es solo lo que dice, sino que fue escrita sabiendo lo que podía costar decirlo.

¿Cuánto ha cambiado, en serio, el precio de ocupar espacio intelectual cuando no se supone que deberías estar ahí?

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