Todos conocen la historia: Salinger publicó El guardián entre el centeno, se hizo famoso y desapareció. El problema es que esa historia comprime doce años en un segundo.
1951: el libro que lo cambió todo
The Catcher in the Rye salió el 16 de julio de 1951. Holden Caulfield se convirtió en el adolescente más citado del siglo XX y Salinger, de golpe, en una celebridad. Si alguna vez te preguntaste cómo se siente que un millón de desconocidos crean que te conocen, Salinger vivió exactamente eso.
1953: se fue del ruido, no de la escritura
Dos años después de la fama, en 1953, se mudó de Nueva York a Cornish, un pueblo pequeño de New Hampshire. Eso es lo que hizo: cambiar de dirección. No dejó de escribir ni de publicar. Siguió apareciendo en The New Yorker y en otros medios. El retiro geográfico y el retiro literario no son la misma cosa, aunque casi siempre los contamos como si fueran uno.
1965: ahí sí, el silencio
El 19 de junio de 1965, The New Yorker publicó «Hapworth 16, 1924», un relato de Salinger que ocupó casi todo el número. Fue lo último que publicó en vida. Desde ese día hasta su muerte, el 27 de enero de 2010 en Cornish, pasaron cuarenta y cinco años de silencio editorial. No cincuenta y tantos, como se repite. Cuarenta y cinco.
La cuenta que importa
Desde que se mudó al pueblo hasta que murió: cincuenta y siete años. Desde que publicó por última vez hasta que murió: cuarenta y cinco. Son dos cuentas distintas y ninguna es "más de medio siglo de retiro total", como suele decirse. Salinger vivió doce años en Cornish publicando con normalidad antes de que llegara el silencio real.
¿Por qué importa la diferencia?
Porque mezclar las fechas convierte una decisión gradual en un gesto dramático. Y ese gesto dramático es demasiado conveniente: encaja perfecto con Holden, con la fama que fastidia, con el mundo de los adultos que es una farsa. Pero Salinger no explicó públicamente por qué dejó de publicar. Lo que sabemos es la cronología. Lo demás es proyección nuestra, y probablemente diría que eso es exactamente el problema.
La pregunta que queda abierta es incómoda: ¿cuánto de la leyenda de Salinger la construyó él, y cuánto la construimos nosotros para que la historia nos quedara mejor?
