Hay autores que llevan una vida tranquila y la convierten en literatura. Roald Dahl hizo lo contrario: llevó una vida extraordinaria y después se sentó en un sillón a escribirles a los niños.
Septiembre de 1940, desierto de Libia
En septiembre de 1940, Dahl volaba un Gloster Gladiator sobre el desierto occidental de Libia cuando se quedó sin combustible. No fue un combate aéreo: fue un error de navegación. Nadie lo derribó. El avión simplemente se quedó sin nada que quemarse, y él intentó un aterrizaje de emergencia en tierra de nadie.
El impacto le fracturó el cráneo y lo dejó brevemente inconsciente. Alcanzó a abrir la cubierta de la cabina y salir antes de que explotaran los estanques. Perdió temporalmente la vista.
Vale aclarar: durante años circuló una versión —que el propio Dahl contribuyó a difundir en un relato temprano— según la cual lo habían derribado en combate. Las fuentes que reconstruyeron lo ocurrido con más detalle apuntan a otra cosa: fue el combustible, fue la navegación, fue el desierto.
De la arena a los cócteles de Washington
Dos años después, Dahl estaba en Washington como agregado aéreo adjunto en la embajada británica. El cargo era real. Lo que hacía además del cargo, también.
Fue reclutado como agente encubierto de la British Security Coordination, la red de inteligencia británica dirigida desde Nueva York por el canadiense William Stephenson, que operaba con más de mil agentes. La misión de Dahl era observar e informar sobre el clima político en Washington. Para eso, pasaba fines de semana en la casa de los Roosevelt en Hyde Park.
No hay registro de operaciones de espionaje espectaculares. Lo que hay es a un hombre joven, alto, con acento inglés y un accidente de avión en el currículum, moviéndose con naturalidad en los círculos donde se tomaban decisiones. Eso, en inteligencia, ya es bastante.
La cabaña del jardín y el sillón
Décadas después, Dahl escribió durante treinta años en una cabaña ubicada a unos veinte metros de su casa, Gipsy House, en el campo inglés. Sentado en un sillón, con una tabla de escribir sobre las piernas y lápices en un tarro. La cabaña existe todavía y está en el Roald Dahl Museum and Story Centre.
Es una imagen tan doméstica que cuesta cuadrarla con lo anterior. El mismo tipo que salió arrastrándose de un avión en llamas en el desierto, que informaba a los servicios secretos desde los salones de los Roosevelt, terminó sus días escribiendo con lápiz en una cabaña de jardín.
El contraste que nadie te cuenta en la primaria
La imagen pública de Dahl es la del señor de los cuentos raros y los niños que triunfan sobre los adultos malvados. Es una imagen que tiene sustento: escribió esos libros, son reales, siguen siendo leídos.
Pero es solo una parte. La otra parte es un hombre que acumuló experiencias de una intensidad que la mayoría de los personajes de sus propias historias no alcanzaría nunca, y que eligió procesar todo eso sentado solo en una cabaña con una tabla de madera sobre las rodillas.
¿Qué tan distinta habría sido su escritura si el accidente en Libia hubiera tenido otro final? ¿O si nunca hubiera pasado?
