Un cachorro solo en casa más un manuscrito sobre la mesa es una ecuación que termina mal. Steinbeck lo aprendió en mayo de 1936.
La "tragedia menor" que casi borra un clásico
Toby, el setter irlandés de John Steinbeck, todavía cachorro, pasó una noche solo. Lo que encontró Steinbeck al volver fue cerca de la mitad de su primer borrador de De ratones y hombres convertida en confeti sobre el suelo.
Dos meses de trabajo. Desaparecidos.
Lo sabemos porque Steinbeck se lo contó a su agente en una carta, describiéndola exactamente como una "tragedia menor". Que haya usado ese término —y no uno más dramático— ya dice bastante del hombre. La anécdota circula hace décadas sin atribución, como si fuera leyenda urbana literaria. Con la carta identificada, es un hecho documentado.
Lo que hizo con el matamoscas y lo que escribió después
El castigo fue proporcional a la gravedad del crimen: una zurra corriente con el matamoscas que usaba de disciplina doméstica. Nada más.
Y luego, en la misma carta, Steinbeck anotó que el pobrecito quizás estaba actuando de manera crítica. Eso es todo. Sin lamento épico, sin crisis existencial, sin declaración sobre el sufrimiento del artista. Solo el humor seco de alguien que ya estaba pensando en cómo rehacer lo que había perdido.
De hecho, bromeó con que había ascendido a Toby a teniente coronel a cargo de la literatura.
Reescribir o tirar la toalla
Steinbeck reescribió el borrador en los meses siguientes. De ratones y hombres se publicó en 1937 y fue su primer gran éxito de crítica.
Lo que no sabemos —y vale la pena decirlo— es si la versión reescrita fue mejor o peor que la destruida. No hay forma de saberlo. Esa moraleja reconfortante de "el desastre lo mejoró todo" es el tipo de cosa que se agrega sola a las historias con el tiempo. La carta no dice eso. La carta dice: el perro hizo confeti, le di con el matamoscas, y quizás tenía razón.
El perro como espejo del escritor
Hay algo en esta historia que va más allá del accidente doméstico. Steinbeck no perdió un libro terminado: perdió un borrador, un trabajo en proceso, algo que todavía no era lo que iba a ser.
Y aun así la reacción importa. Porque la diferencia entre los escritores que terminan sus libros y los que no, muchas veces no está en el talento ni en las condiciones perfectas. Está en lo que hacen la mañana después de que el perro destruye todo.
La pregunta que queda abierta es simple: tú, en el lugar de Steinbeck, ¿habrías reescrito o habrías tirado la toalla?
