Todo empezó con un encargo. No de un editor, no de un crítico literario. De una niña de diez años que dijo: esta vez, escríbela.
Un profesor, un río y una historia improvisada
El 4 de julio de 1862, Charles Lutwidge Dodgson salió a remar desde Folly Bridge, en Oxford, río arriba por el Isis hasta Godstow, unos ocho kilómetros. Iba con el reverendo Robinson Duckworth y las tres hijas del decano del Christ Church: Lorina Charlotte, de 13 años; Alice Pleasance, de 10; y Edith Mary, de 8.
Para entretenerlas durante el trayecto, Dodgson improvisó una historia. Una niña llamada Alicia caía por la madriguera de un conejo y llegaba a un mundo subterráneo lleno de criaturas absurdas y lógica al revés. No era la primera vez que les contaba cuentos. Pero esta vez algo fue distinto.
El pedido que lo cambió todo
Alice Liddell recordó después que fue ella quien le pidió que la escribiera. Que no lo había pedido con las otras historias. Que esta vez quería tenerla.
Dodgson, que firmaba su obra literaria como Lewis Carroll, cumplió. Dos años después, en Navidad de 1864, le entregó un manuscrito ilustrado a mano, titulado Alice's Adventures Under Ground. Un regalo hecho a medida, literal y completamente.
La "tarde dorada" que quizás no fue tan dorada
Carroll inmortalizó ese paseo en el poema que abre el libro: una "tarde dorada", tres niñas, el río, el cuento. Es una imagen perfecta. Quizás demasiado.
Una consulta a los registros meteorológicos de Londres, realizada en 1950, indicó que el clima cerca de Oxford ese 4 de julio fue "fresco y más bien lluvioso". Hay especialistas que lo discuten, y otros que señalan que la historia no surgió entera ese día sino que se fue construyendo a lo largo de un período más largo. La "tarde dorada" es el nombre que Carroll le dio en el poema, no un parte del tiempo. El origen del libro más famoso de la literatura fantástica tiene, como el propio libro, más capas de las que parecen a primera vista.
Lo que hace raro este origen
La mayoría de los libros canónicos tienen orígenes solemnes: una visión, una crisis, años de trabajo solitario. Alicia tuvo un paseo en bote, una audiencia de tres hermanas y un pedido en voz alta de una de ellas.
Hay quienes leen en los acertijos y paradojas del cuento la huella de la formación matemática de Dodgson. Es una interpretación tentadora, y muy repetida. Lo que sí es un hecho es que el libro no existiría si Alice no hubiera pedido que se escribiera. Ella no creó la historia, pero sí creó el libro.
Alicia existió. Eso todavía sorprende.
Para la mayoría de los lectores, Alicia es un personaje. Una ficción con nombre de ficción. La revelación de que hubo una niña real, un río real, un día específico, cambia algo en la lectura.
No convierte el cuento en autobiografía ni en documento histórico. Pero sí lo convierte en lo que quizás siempre fue: una historia que alguien contó para alguien que quería escucharla, y que luego pidió que no se perdiera.
¿Cuántos libros que hoy consideramos eternos empezaron igual de humildemente, con alguien diciéndole a alguien: esta vez, escríbela?
