Antes de dinamitar la poesía chilena, Nicanor Parra pasó años calculando trayectorias, leyendo mecánica y mirando el universo con lente científica. No es un dato de trivia: es parte del método.
Un currículum que nadie esperaba de un antipoeta
Parra nació el 5 de septiembre de 1914. En 1938 se tituló en matemáticas y física en la Universidad de Chile. Después viajó a Brown University, en Rhode Island, a estudiar mecánica avanzada. Después a Oxford, a estudiar cosmología.
No fue "profesor de física" como se repite por ahí, simplificando. Fue alguien que entrenó el cerebro para descomponer sistemas complejos, para encontrar el error en una ecuación, para no tolerar la imprecisión disfrazada de profundidad.
En 1954 publicó Poemas y antipoemas. El libro que le dio proyección internacional y que dejó a la poesía chilena sin excusas para seguir siendo solemne.
Precisión como forma de rebelión
La antipoesía —ese término que Parra usó para definirse a sí mismo— no es simplemente poesía con humor. Es poesía que desconfía de sí misma. Que se niega a inflar el pecho. Que prefiere el lenguaje de la calle al gesto grandilocuente.
La crítica literaria ha vinculado la antipoesía con el dadaísmo, con el pop art, con el movimiento beat. Todas corrientes que también le declararon la guerra a la pretensión.
Leer esa desconfianza como consecuencia de una formación científica es una lectura crítica, no un hecho probado. Pero es difícil ignorar la coherencia: un hombre que pasó años aprendiendo a medir con exactitud difícilmente iba a tolerar la vaguedad como virtud poética.
La pregunta que el siglo XX no terminó de responder
Hay una idea instalada —cómoda, perezosa— que dice que las ciencias y las artes son mundos separados. Que el rigor mata la imaginación. Que la sensibilidad y la lógica se llevan mal.
Parra vivió 103 años —murió el 23 de enero de 2018— y pasó buena parte de ese tiempo desmintiendo esa idea con su sola existencia.
No hay que romantizarlo ni convertirlo en símbolo de nada. Pero sí vale la pena preguntarse: ¿cuántos poetas, novelistas o artistas visuales están dejando de estudiar lo que les da curiosidad porque "no va con lo suyo"? ¿Y cuánto pierde el trabajo creativo cuando se le corta la cabeza científica de cuajo?
