La versión corta dice que Molière murió en el escenario. Es una buena historia. El problema es que no es así.
La versión real es mejor.
"Juro" — y ahí empezó todo
El 17 de febrero de 1673, el Palais-Royal montaba la cuarta representación de El enfermo imaginario. Molière hacía de Argán, el hipocondríaco central de la obra: un hombre que finge estar enfermo, o que está tan convencido de estarlo que ya no importa la diferencia.
En la escena de la ceremonia médica, al pronunciar la palabra Juro, le vino una convulsión.
Lo que hizo a continuación es el corazón de esta historia: la disimulό con una risa forzada y siguió actuando.
El teatro primero, el cuerpo después
Terminó la función. Completa.
Solo entonces lo trasladaron a su casa, en la calle Richelieu. Iba escupiendo sangre. Según el relato de La Grange —actor principal de su compañía y hombre de su confianza— Molière arrastraba un resfriado y una inflamación del pecho con tos severa. El esfuerzo de toser esa noche le rompió una vena.
En casa rechazó el caldo que le había preparado su mujer. Comió algo de pan y queso parmesano. Se acostó.
Murió cerca de las diez de la noche. Vivió entre media hora y tres cuartos de hora después de romperse esa vena.
La ironía que nadie necesitaba agregar
Molière no murió en el escenario. Murió horas después, en su cama, con queso parmesano encima. Eso no le quita nada a la historia: le agrega que eligió terminar la función igual, con una convulsión encima y una risa forzada como escudo.
Pero hay una segunda ironía, y esta es más dura.
Al día siguiente, su compañera Armande Béjart tuvo que suplicarle a Luis XIV que le concedieran sepultura cristiana. Los actores, en Francia, no tenían ese derecho. El hombre que había entretenido al rey durante décadas necesitaba un permiso especial para que lo dejaran enterrar.
Lo que queda
El enfermo imaginario es una comedia sobre el miedo a la muerte disfrazado de hipocondría. Argán finge morir para ver quién lo llora de verdad. Molière, esa noche, hizo algo distinto: sintió que se moría de verdad y fingió que no pasaba nada.
No sabemos qué pensó. No hace falta saberlo.
La obra sigue en cartel en teatros de todo el mundo. El personaje sigue fingiendo estar enfermo. Y la ironía más exacta no la inventó nadie: ya estaba en el texto, esperando esa noche específica del 17 de febrero de 1673.
¿Hay algo más molieresco que morir siendo Argán, o algo más humano que terminar la función de todas formas?
