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Juan Carlos Onetti escribió su última novela desde la cama

Lo arrestaron por premiar un cuento. Se fue a Madrid y nunca volvió. Sus últimos años los pasó escribiendo recostado, con un codo que se fue deformando.

Juan Carlos Onetti escribió su última novela desde la cama

Hay escritores que eligen la rareza como marca personal. Onetti no eligió nada de eso: le eligieron a él.

En febrero de 1974, la dictadura uruguaya lo arrestó. El motivo: haber integrado el jurado de un concurso de cuentos del semanario Marcha que premió "El guardaespaldas", de Nelson Marra, un relato que el régimen consideró pornográfico. Tres meses detenido, parte de ellos en un psiquiátrico. Una campaña internacional impulsada desde España logró su liberación. Tenía 65 años y era ya uno de los escritores más importantes del continente.

De Montevideo a Madrid: el exilio que se volvió permanente

En 1975 se instaló en Madrid. Y ya no volvió.

No fue una decisión dramática ni un portazo. Fue algo más parecido a una grieta que se fue ensanchando. En 1985, con la democracia restaurada en Uruguay, el presidente electo Julio María Sanguinetti lo invitó a la ceremonia de asunción. Onetti agradeció. Y se quedó en Madrid.

Ese mismo año en que Uruguay recuperaba su democracia, Onetti llevaba una década viviendo en un departamento de la capital española. Cinco años antes, en 1980, había recibido el Premio Cervantes. El canon lo había reconocido. Él, igual, se quedó donde estaba.

El codo que se fue deformando

En el exilio siguió escribiendo. Dejemos hablar al viento (1979), Cuando entonces (1987) y Cuando ya no importe (1993), su última novela, que escribió ya recostado en la cama, apoyado en el codo derecho. Su amiga, la escritora e investigadora Hortensia Campanella, contó que ese codo se le fue deformando con los años.

Esa imagen —el hombre en cama, leyendo y escribiendo recostado— se convirtió en el retrato más repetido de su vejez. Y como todo retrato muy repetido, simplifica.

La versión de ella

Dolly Muhr, violinista y viuda de Onetti, aclaró públicamente que la cama permanente era en parte un mito. Que solo al final de su vida él prefirió quedarse ahí, por un problema de salud que le redujo la movilidad en una pierna, y que leía en cama porque era más cómodo que un sillón. En 2018 también lo atribuyó, con humor, a pereza.

Dos versiones que conviven sin anularse. La del escritor que construyó desde la inmovilidad un territorio propio. Y la de un hombre con una pierna que no respondía bien, que encontró que el colchón era más cómodo que el sillón. No hay por qué elegir una sola.

Lo que queda

Onetti murió el 30 de mayo de 1994 en Madrid, a los 85 años. Nunca pisó el Uruguay democrático que sobrevivió a la dictadura que lo encerró.

Cuando ya no importe, escrita desde esa cama con el codo deformado, fue su última palabra publicada. Santa María —la ciudad ficticia que inventó y habitó durante décadas— siguió existiendo en el papel aunque él ya no pudiera moverse con facilidad por ninguna ciudad real.

La pregunta que deja su trayectoria no es por qué se quedó en cama. Es qué significa seguir construyendo un mundo imaginario cuando el mundo real te ha expulsado del tuyo. ¿Es resistencia? ¿Es rendición? ¿O es simplemente lo único que tenía sentido hacer?

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