Nikolái Gógol tenía un plan enorme. No solo escribir una novela: escribir la novela. Una obra en tres partes que siguiera el modelo de la Divina Comedia de Dante, con el mismo arco —descenso, purga, ascenso— aplicado a la Rusia de su tiempo.
El primer volumen de Almas muertas, publicado en 1842, era el infierno. Un estafador recorre la provincia rusa comprando nombres de siervos muertos para usarlos como garantía de crédito. Corrupción, mediocridad, vacío moral: el infierno perfectamente reconocible de lo cotidiano. Ese libro existe, se lee, es un clásico.
Un proyecto que duró años y tuvo un solo lector
La segunda parte —el purgatorio, la posibilidad de redención— le ocupó años. Gógol la reescribió varias veces. Y cuando por fin tuvo una versión que consideró terminada, se la entregó a leer a una sola persona: el archipreste Matvéi Konstantinovski.
Konstantinovski la juzgó dañina y le pidió que la destruyera. Lo que ocurrió después está documentado, no interpretado: en febrero de 1852, a las tres de la madrugada —según el calendario juliano, que entonces regía en Rusia—, Gógol juntó papeles de su escritorio y los echó al fuego. Nueve días después, murió tras un ayuno severo.
Lo que se perdió y lo que no
Aquí viene el matiz que casi siempre se omite: no se perdió todo.
Lo que Gógol quemó fue el manuscrito de la versión definitiva del segundo volumen. Pero existían borradores anteriores que no estaban en ese escritorio. Esos borradores sobrevivieron, fueron recuperados y publicados. Hoy se puede leer una segunda parte de Almas muertas, incompleta, en estado de trabajo, sin el pulido final que Gógol nunca llegó a darle.
Es decir: el mundo no perdió el libro para siempre. Perdió ese libro, la versión que Gógol consideró lista. Lo que quedó es otra cosa —un borrador, una aproximación, un mapa sin el último tramo— pero es legible, y vale la pena.
El proyecto que Dante terminó y Gógol no
La Divina Comedia existe completa porque Dante vivió para terminarla. Almas muertas existe a medias porque el plan era demasiado ambicioso, el tiempo demasiado corto, y la versión definitiva de la segunda parte ardió una madrugada de invierno.
El tercer volumen —el paraíso ruso, la redención— nunca llegó a escribirse.
Lo que queda es el infierno publicado, los borradores del purgatorio, y la pregunta que ese proyecto incompleto deja abierta: ¿qué hace un escritor cuando siente que lo que escribió no debería existir? ¿Y qué perdemos cuando esa decisión se toma a las tres de la madrugada?
