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Frankenstein y la IA: ¿quién le teme a quién?

Mary Shelley inventó el miedo a la criatura que supera al creador. Doscientos años después, ese miedo tiene nombre: inteligencia artificial.

Frankenstein y la IA: ¿quién le teme a quién?

Mary Shelley tenía 18 años cuando escribió el libro que nos sigue atormentando. No inventó un monstruo. Inventó una pregunta.

¿Qué pasa cuando lo que creamos nos supera?

El experimento que nunca fue ficción

Frankenstein, o el moderno Prometeo se publicó en 1818. El subtítulo ya lo decía todo: Prometeo robó el fuego de los dioses y lo pagó caro.
Shelley no escribía sobre ciencia. Escribía sobre soberbia.

El doctor Víctor Frankenstein no teme a su criatura porque sea monstruosa.
La teme porque es suya, y ya no la controla.

Dos siglos después, el mismo experimento

Hoy los laboratorios no huelen a formol. Huelen a servidores calientes y café de ingenieros en vela.
Los modelos de lenguaje, los sistemas de imagen generativa, los algoritmos que predicen tu próximo libro favorito antes de que tú lo sepas: todos son criaturas armadas con piezas de nosotros mismos.

Textos que escribimos. Fotos que subimos. Conversaciones que tuvimos.
La criatura está hecha de humanidad reciclada. Igual que la del doctor Frankenstein.

El miedo equivocado

El error clásico es temerle a la IA como si fuera a volverse consciente y vengativa, como en las películas.
Ese es el miedo cinematográfico, no el miedo real.

El miedo real —el que Shelley sí entendía— es más sutil: que la criatura haga exactamente lo que le pedimos, y que eso sea suficiente para hacernos daño.
Frankenstein no quería un asesino. Quería vida. Y la vida tomó sus propias decisiones.

Lo que los escritores nuevos ya están procesando

Hay algo interesante ocurriendo en la literatura emergente latinoamericana: una generación de autores independientes que ya no escribe sobre la tecnología con asombro de turista.
La escribe desde adentro, con la incomodidad de alguien que usa esas herramientas y se pregunta qué está cediendo al usarlas.

No es el Frankenstein de Hollywood. Es el Frankenstein de Shelley: íntimo, culposo, fascinado y aterrado al mismo tiempo.
Esa tensión es exactamente el territorio más fértil para la ficción hoy.

La pregunta que Shelley dejó abierta

La novela termina con la criatura desapareciendo en la oscuridad del Ártico.
Sin resolución. Sin moraleja limpia.

Shelley no te dice a quién temerle porque la respuesta incómoda es que el miedo va en las dos direcciones.
El creador le teme a la criatura. La criatura le teme al abandono del creador.

¿Y si con la IA estamos exactamente en ese mismo punto: sin saber todavía quién es el monstruo y quién es el doctor?

Esta información fue generada por la inteligencia artificial de GlobalBooks a partir de fuentes públicas disponibles en internet, con fines informativos. Puede contener imprecisiones; la fuente original prevalece. Ante cualquier consulta, corrección o solicitud, escríbenos a contacto@globalbooks.cl.

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