El 25 de mayo de 1895, el hombre que había llenado los teatros de Londres con sus frases más ingeniosas fue condenado a dos años de trabajos forzados. No por un crimen con víctimas. Por quién amaba.
El cargo formal era gross indecency —indecencia grave—, delito introducido por la enmienda Labouchere a la Criminal Law Amendment Act de 1885. No existía en el código penal británico un delito llamado "homosexualidad": ese matiz importa, porque nombrar mal la ley es también una forma de distorsionar la historia. La condena fue la máxima que permitía esa ley.
El escritor que perdió al público
Oscar Wilde cumplió su condena en Pentonville, luego en Wandsworth, y desde noviembre de 1895 en la prisión de Reading, a unos ochenta kilómetros de Londres. Fue liberado en 1897. Murió tres años después, en París, a los cuarenta y seis años.
Lo que escribió entre enero y marzo de 1897, desde Reading, no fue un ensayo ni un libro. Fue una carta. Dirigida a lord Alfred Douglas, "Bosie", el joven aristócrata cuya relación con Wilde había desencadenado el proceso judicial. Una carta larguísima, escrita en el único papel que tenía disponible: el que le entregaban hoja por hoja, y que no podía conservar.
Lo que el público leyó, y lo que no
En 1905, el albacea literario de Wilde, Robert Ross, publicó una versión de esa carta bajo el título De Profundis. Pero suprimió las primeras veintiocho páginas y casi todo lo referido a Douglas, conservando principalmente las reflexiones sobre la vida en prisión y el sufrimiento. Los lectores de 1905 no leyeron la carta que Wilde escribió.
En 1909, Ross legó el manuscrito original al British Museum con una condición: que nadie pudiera consultarlo durante cincuenta años. En 1960, el estudioso Rupert Hart-Davis pudo examinarlo por primera vez. El texto corregido y completo fue publicado en 1962, dentro de The Letters of Oscar Wilde. Sesenta y siete años después de la condena.
Una carta sin espectadores
Wilde construyó su carrera sobre el efecto que sus palabras producían en los demás. Cada aforismo, cada réplica en escena, cada paradoja estaba calibrada para una sala llena. De Profundis es otra cosa: un texto escrito sin ninguna garantía de que llegaría a leerse, dirigido a una sola persona, en condiciones que no permitían revisión ni distancia.
Llamarla "su obra más profunda" es una valoración de la crítica —legítima, pero no un dato. Lo que sí es un hecho es que es el único texto largo que escribió cuando ya no tenía nada que sostener frente a un público. Solo las palabras, y la celda, y el papel que le devolvían cada mañana.
Queda abierta una pregunta que la historia del libro no siempre formula: ¿qué cambia en la lectura de un texto cuando sabemos que fue censurado durante décadas, y que lo que se presentó como la obra era, en realidad, una versión recortada por alguien más?
