A veces no hace falta una espada. Basta una hoja de papel sin firma.
A comienzos de 1837, Aleksandr Pushkin —el hombre que prácticamente inventó la literatura rusa moderna— recibió una carta que no venía de ningún remitente. Tampoco era la única: varios de sus amigos cercanos recibieron la misma. El texto los "invitaba" a ingresar a un club imaginario, exclusivo y completamente ficticio: el de los maridos engañados. Pushkin era, según el anónimo, uno de sus miembros más distinguidos.
Una carta sin firma puede matar igual que una bala
El honor en la Rusia del siglo XIX no era un concepto abstracto. Era una moneda social real, y perderla tenía consecuencias concretas. Pushkin era poeta, sí, pero también era un hombre de su época y su clase. Los rumores sobre su mujer, Natalia Goncharova, y sobre el barón Georges d'Anthès de Heeckeren —oficial francés que para entonces era su propio cuñado— circulaban en los salones de San Petersburgo. Las cartas anónimas los pusieron en papel y los distribuyeron.
Pushkin apuntó al padre adoptivo de d'Anthès, el barón de Heeckeren, como autor de los anónimos. Pero eso nunca se probó. Peritajes posteriores complicaron esa hipótesis: el texto estaba en francés, pero contenía errores muy improbables en un hablante nativo. Quién escribió esas líneas sigue siendo, hasta hoy, una pregunta sin respuesta.
El duelo junto al Río Negro
El 27 de enero de 1837 (calendario juliano, que en el gregoriano corresponde al 8 de febrero), Pushkin y d'Anthès se encontraron en un descampado a las afueras de San Petersburgo, junto al Río Negro. D'Anthès disparó primero. La bala hirió a Pushkin en el vientre. Aun así, Pushkin alcanzó a incorporarse y a disparar: solo le causó una herida leve en el brazo derecho a su adversario.
Dos días después, el 29 de enero juliano —10 de febrero gregoriano— Pushkin murió. Tenía 37 años.
El mecanismo del escándalo no ha cambiado tanto
Lo que resulta difícil de sacudir, casi dos siglos después, es la mecánica del asunto. Una acusación anónima, sin prueba ni firma, fue suficiente para poner en marcha una cadena que terminó con la vida del escritor más importante de su país. No hubo juicio. No hubo verificación. Solo el peso insoportable de que alguien, en algún lugar, había decidido que eso era lo que se decía de ti.
Hoy los anónimos viajan más rápido y no necesitan papel. El mecanismo es el mismo: la acusación sin rostro que obliga a responder como si fuera verdad. La pregunta que Pushkin no pudo esquivar —¿cuánto vale el honor y a qué precio?— sigue sin tener una respuesta cómoda.
¿Habría cambiado algo saber quién escribió esas cartas?
