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Borges recibió 900.000 libros cuando ya casi no podía leer

En 1955 lo nombraron director de la Biblioteca Nacional argentina. Ese mismo año entendió que su ceguera era irreversible. Lo convirtió en un poema.

Borges recibió 900.000 libros cuando ya casi no podía leer

Lo primero que hizo Jorge Luis Borges al asumir la dirección de la Biblioteca Nacional argentina en 1955 fue preguntar cuántos volúmenes tenía a su cargo. La respuesta: novecientos mil. Lo segundo fue entender que ya casi no podía leerlos.

El peso exacto de la ironía

La ceguera de Borges no fue un accidente ni una sorpresa. Era hereditaria: la habían padecido su bisabuelo, su abuela y su padre. Él la vio venir de lejos, en el sentido más literal. En 1955, cuando ya casi no podía leer, lo que se volvió irreversible no fue una oscuridad total —podía distinguir formas, luz, las tapas y los lomos de los libros—, sino la posibilidad de leerlos.

Novecientos mil volúmenes. No un millón redondo, que suena a exageración. Novecientos mil, que suena a inventario real. A alguien que fue a contar.

Una biblioteca para no leer

Borges ejerció el cargo durante dieciocho años. En ese tiempo dirigió una institución cuya materia prima —la palabra impresa, la página, la línea— se le había vuelto inaccesible de la manera más directa. Tuvo que leer con otros ojos: los de sus secretarias, sus amigos, sus colaboradores, que le leían en voz alta.

Hay algo en esa imagen que podría haberse quedado en la anécdota amarga. Borges eligió otra cosa.

El poema como respuesta

En 1958 escribió el "Poema de los dones" y lo incluyó dos años después en El hacedor. Ahí está la cifra exacta de lo que pasó, sin queja y sin dramatismo:

> "Nadie rebaje a lágrima o reproche
> esta declaración de la maestría
> de Dios, que con magnífica ironía
> me dio a la vez los libros y la noche."

Cuatro versos que no piden lástima. Que nombran la ironía —la llaman magnífica— y la dejan ahí, sin resolverla.

El texto, no la lástima

Eso es lo que hace el poema: convierte la coincidencia en materia literaria. No la explica, no la denuncia, no la lamenta. La declara. Y al declararla, la transforma en algo que cualquiera puede leer, incluido él, en voz alta, de memoria.

La pregunta que queda abierta es si una pérdida puede volverse el centro de una obra solo cuando dejas de pelear con ella, o si el poema es precisamente la forma de pelear que no se parece a pelear.

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