Un joven guatemalteco de 27 años, becado en París, participó en una de las traducciones más influyentes del libro sagrado de los quichés. Cuarenta años después, ese mismo joven recibiría el Premio Nobel de Literatura.
Pero la historia tiene más capas de lo que parece.
Un texto que llegó al español desde el francés
En 1927, se publicó en París una versión en español del Popol Vuh bajo el título Los dioses, los héroes y los hombres de Guatemala antigua. La firmaban Miguel Ángel Asturias y J. M. González de Mendoza, dos estudiantes latinoamericanos que trabajaban bajo la dirección del profesor francés Georges Raynaud.
La precisión importa: Asturias y González de Mendoza no tradujeron desde el quiché. Tradujeron al español la versión francesa que Raynaud había establecido tras más de cuarenta años de estudio del texto original. Es una traducción de segunda mano, y decirlo no le quita mérito —le da precisión a lo que efectivamente hicieron.
Cuarenta años de trabajo detrás de una página
Raynaud era profesor en la École Pratique des Hautes Études de París, donde ambos jóvenes eran sus alumnos. Que un texto de esa complejidad requiriera cuatro décadas de trabajo antes de existir en una versión académica seria dice bastante sobre lo que estaba en juego.
El Popol Vuh no es un libro fácil. Es un texto que narra la creación del mundo y la historia del pueblo quiché, escrito en quiché con caracteres latinos en el siglo XVI, y cuya transmisión hasta hoy ha pasado por múltiples copias, versiones e interpretaciones. Hay varias traducciones disponibles y difieren entre sí en aspectos que no son menores.
Lo que el Nobel hizo —y lo que no hay que asumir
Asturias nació el 19 de octubre de 1899 en Ciudad de Guatemala y recibió el Nobel en 1967. Su obra literaria está profundamente marcada por los mitos y las imágenes de las culturas indígenas de Guatemala, y esta traducción es parte de esa formación.
Pero hay una distinción que vale la pena hacer: Asturias no era maya. La relación de su obra con las culturas indígenas de Guatemala es un debate académico activo, tanto en lo literario como en lo político. Presentarlo como portavoz o heredero natural de esa tradición sería saltar por encima de una conversación que los especialistas todavía tienen. Lo verificable es esto: un estudiante de 27 años, en París, ayudó a que un texto fundamental llegara al español. Eso ya es suficientemente notable.
La pregunta que queda
Hay algo que este episodio revela sin querer: uno de los textos más importantes de América prehispánica tuvo que pasar por cuatro décadas de trabajo de un académico francés, y por la pluma de dos latinoamericanos en el exilio europeo, para llegar al español.
¿Cuánto de lo que llamamos "nuestras raíces" conocemos realmente —y por qué camino llegó ese conocimiento hasta nosotros?
