Hay una diferencia entre creer en tu propio trabajo y escribir anónimamente que tu propio trabajo es genial. Whitman hizo las dos cosas. Al mismo tiempo.
Un libro sin nombre en la portada (pero con su cara adentro)
En 1855, un periodista de Brooklyn llamado Walt Whitman pagó de su bolsillo la impresión de un libro de poemas llamado Leaves of Grass. Lo imprimió en el taller de Andrew Rome, en Brooklyn, con ayuda de su hermano menor Tom. Participó en el diseño, en la producción, y según los registros, en la composición de parte de los tipos móviles él mismo.
El tiraje fue de 795 ejemplares. Hoy se conservan alrededor de 200.
En la portada no aparecía su nombre. En cambio, adentro, como frontispicio, iba un retrato suyo: sombrero ladeado, actitud de obrero, mirada que dice aquí estoy. No firmó el libro. Pero tampoco se escondió.
"¡Por fin un bardo americano!" (Lo dijo él)
Ahí podría haber terminado la historia: poeta desconocido, libro sin nombre, tiraje modesto que prácticamente no se vendió. Pero Whitman tenía otro plan, o algo parecido a un plan.
Escribió al menos tres reseñas del libro y las publicó sin firma en diarios de Nueva York. Una de ellas arrancaba con la frase "An American bard at last!" —"¡Por fin un bardo americano!"— sin aclarar en ningún momento que el bardo americano en cuestión era él. Una cuarta autorreseña, titulada "A Poet Showing the New York Muscle", fue identificada mucho después en el New York Sunday Dispatch del 26 de agosto de 1855. El recuento sigue abierto: la prensa de la época todavía guarda sorpresas.
No contento con eso, Whitman llegó a encuadernar dentro de algunos ejemplares de esa primera edición las propias reseñas —incluyendo la carta de elogio que le había enviado Ralph Waldo Emerson— probablemente antes de distribuirlos.
El problema de llamarle "estrategia"
Es tentador leer todo esto como un manual de marketing del siglo XIX. Autopublicación, identidad de marca, contenido generado por el propio autor, reseñas sembradas en medios. Pero eso sería aplanarle la gracia al asunto.
Lo que hizo Whitman no encaja bien en ninguna categoría. No era exactamente humildad ni exactamente cinismo. Era algo más raro: una convicción tan grande que no esperó a que otros la confirmaran. Escribió el libro que él creía que Estados Unidos necesitaba, y cuando nadie lo dijo, lo dijo él. Con otras palabras, sin firma, pero lo dijo.
La pregunta que no cierra
Hojas de hierba no fue un éxito de ventas en 1855. Fue algo más lento y más duradero: Whitman siguió reescribiéndolo durante décadas, hasta que el libro se convirtió en uno de los fundamentos de la poesía en lengua inglesa. La autopromoción no lo hizo famoso de inmediato. Pero tampoco estaba equivocado.
Entonces queda la pregunta: ¿era descaro, o era fe? ¿Y cuántas veces confundimos las dos cosas —en los demás y en nosotros mismos?
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