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Quemaron sus libros, pero no pudieron con sus historias

En 1937, la dictadura de Vargas quemó más de mil quinientos libros en una plaza de Brasil. La mayoría eran de un escritor de 25 años. Siguió escribiendo 54 años más.

Quemaron sus libros, pero no pudieron con sus historias

El 19 de noviembre de 1937, una comisión oficial encendió una hoguera en la Cidade Baixa de Salvador de Bahía. Quemaron más de mil quinientos libros. La gran mayoría eran de un escritor de veinticinco años llamado Jorge Amado.

Una hoguera con desglose contable

La Comisión de Búsqueda e Incautación de Libros actuó por orden del comandante de la Sexta Región Militar, ya instalado el Estado Novo de Getúlio Vargas. El diario O Estado da Bahia dejó constancia el 17 de diciembre de ese año: los libros fueron destruidos por considerarlos afines al credo comunista.

Los números que sobrevivieron al fuego son precisos en lo que importa. De Capitães da Areia, 808 ejemplares. De Jubiabá, 267. De O País do Carnaval, 214. De Suor, 93. De Cacau, 89. De Mar Morto, algo más de doscientos. Las fuentes no coinciden en el total exacto —se han publicado cifras de 1.640, 1.694 y 1.827, según qué se cuente— pero el desglose por título habla solo.

Lo que vino después del fuego

Amado ya había sido encarcelado en 1936 en Río. Volvió a caer preso en 1937, el mismo año de la quema. En 1941 salió al primer exilio, Argentina y Uruguay. Regresó en 1942 y fue detenido otra vez.

En diciembre de 1945 fue elegido diputado federal por el Partido Comunista Brasileño, representando a São Paulo, y participó en la Asamblea Constituyente de 1946. En 1947 el PCB fue declarado ilegal. En 1948 perdió el mandato y comenzó el exilio largo: París primero, entre 1948 y 1950, y Praga entre 1951 y 1952.

La desproporción que lo dice todo

Hay algo en esa aritmética que no cuadra a favor del Estado. Se necesitó un aparato militar, una comisión oficial, una orden firmada y una plaza pública para destruir los libros. Amado necesitó papel y tiempo para escribirlos de nuevo, y para escribir cincuenta y cuatro años más.

Terminó siendo el autor brasileño más traducido del mundo. Los mismos títulos que ardieron en la Cidade Baixa —frente a lo que hoy es el Mercado Modelo y el Elevador Lacerda— circularon después en decenas de idiomas. El fuego destruye ejemplares. No destruye lo que ya fue leído, ni lo que puede volver a imprimirse.

La pregunta que queda no es por qué quemaron los libros. Es qué pensaban que iba a pasar después.

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