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Patricia Highsmith criaba caracoles y los pasó de contrabando

La autora de «El talento de Mr. Ripley» tenía centenares de caracoles como mascotas. Y sí: los cruzó una frontera escondidos bajo la ropa.

Patricia Highsmith criaba caracoles y los pasó de contrabando

Hay escritores con gatos. Hay escritores con perros. Patricia Highsmith tenía caracoles. Centenares de ellos.

La autora de El talento de Mr. Ripley —la novela de 1955 que lanzó a Tom Ripley al canon del thriller psicológico— mantuvo caracoles como mascotas a lo largo de buena parte de su vida adulta. No como curiosidad decorativa ni como experimento puntual: los cuidaba con dedicación sostenida, en cantidades que las fuentes describen por centenares.

Una frontera, una chaqueta y muchos inquilinos

El episodio más cinematográfico de esta afición está recogido en Beautiful Shadow: A Life of Patricia Highsmith, la biografía que Andrew Wilson publicó en 2003. Según Wilson, Highsmith llegó a cruzar la frontera hacia Francia con los caracoles escondidos bajo la ropa. Sin más detalles que esos —la fuente no describe el operativo con precisión—, la escena ya es suficientemente absurda: una de las grandes escritoras del suspense del siglo XX, pasando una aduana, con la fauna bajo el abrigo.

Se cuenta también —aunque sin fuente primaria localizable— que los llevaba a fiestas dentro de su cartera, junto a una hoja de lechuga. Si es verdad, es la mejor historia de una cartera en toda la historia de la literatura. Si es leyenda, igual merece serlo.

Cuando la afición se convierte en cuento

Lo que sí está documentado es que Highsmith transformó esa manía en ficción. Escribió The Snail-Watcher —«El observador de caracoles»—, un relato sobre un hombre cuya afición por criar caracoles se le va completamente de las manos. El cuento da título a una recopilación de sus relatos que tiene prólogo de Graham Greene, lo que ya dice algo sobre el peso literario que sus contemporáneos le reconocían.

El relato funciona como funciona el mejor terror cotidiano: toma algo inofensivo, lo escala, y lo convierte en pesadilla. Un caracol no da miedo. Doscientos tampoco. Pero Highsmith sabía exactamente en qué momento la cantidad cambia la naturaleza de las cosas. Era, después de todo, la misma escritora que convirtió a un estafador encantador en uno de los personajes más inquietantes del siglo XX.

La mascota más rara del canon literario

Hay una línea directa entre lo que un escritor observa de cerca y lo que logra hacer extraño en la página. Highsmith observó caracoles. Los crió, los transportó, los cruzó fronteras con ellos. Y luego escribió sobre lo que pasa cuando esa clase de atención se vuelve obsesión.

No hace falta diagnosticar nada ni explicar nada. El cuento existe. La biografía de Wilson documenta los caracoles. El resto —por qué centenares, por qué Francia, por qué bajo la ropa— queda abierto, que es exactamente donde Highsmith habría querido dejarlo.

¿Cuál sería la mascota más rara que te imaginas en un escritor del canon? ¿Y qué cuento habría salido de ahí?

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