Arthur Conan Doyle inventó al hombre más racional de la literatura. Y luego creyó en hadas hechas con recortes de cartón. La distancia entre esas dos frases es el misterio más interesante de toda su obra.
El día en que el autor se cansó de su personaje
En diciembre de 1893, en las páginas de The Strand Magazine, Sherlock Holmes y el profesor Moriarty caen juntos por las cataratas de Reichenbach, en Suiza. El relato se llama "El problema final" y su autor lo escribió, según todo indica, con alivio.
El problema era que Holmes se había vuelto demasiado grande. Conan Doyle tenía otras ambiciones literarias, y el detective las aplastaba. Así que lo despeñó.
La leyenda del luto y lo que sí se sabe
La reacción del público fue intensa. Se menciona con frecuencia que más de veinte mil suscriptores cancelaron The Strand, aunque esa cifra circula sin una fuente primaria sólida que la respalde: conviene tomarla como dato atribuido, no probado.
Lo de los lectores londinenses desfilando con brazaletes negros de luto es directamente una leyenda: las propias fuentes que la repiten la califican como tal. Lo que sí es verificable es la presión sostenida del público para que Holmes volviera.
Y volvió. En 1901 apareció El sabueso de los Baskervilles, aunque esa historia transcurre antes de la caída en la catarata: era un regreso al pasado, no una resurrección. La vuelta propiamente tal llegó después, en los relatos siguientes. Holmes había ganado la batalla a su autor.
Dos niñas, un arroyo y alfileres de sombrero
Julio de 1917. Elsie Wright, de 16 años, fotografía a su prima Frances Griffiths, de 9, junto a un arroyo en Cottingley, West Yorkshire. En la imagen aparecen hadas. Son recortes de papel que Elsie copió de las ilustraciones de Princess Mary's Gift Book y sujetó con alfileres de sombrero.
Conan Doyle las vio años después y quedó convencido. En el número de Navidad de 1920 de The Strand Magazine —el mismo magazine donde había nacido y muerto Holmes— publicó un artículo sobre hadas y usó esas fotografías como evidencia visible de fenómenos sobrenaturales.
El padre de la deducción. Convencido por alfileres de sombrero.
Ni estupidez ni ingenuidad simple
Aquí es donde la historia se complica, y donde vale la pena no reírse fácil.
El espiritismo y el interés en lo sobrenatural no eran rarezas en la época de Conan Doyle: eran una corriente extendida, con seguidores inteligentes y cultos a ambos lados del Atlántico. Creer en la posibilidad de fenómenos inexplicables no era entonces lo que parece hoy desde acá.
Las primas Wright negaron el fraude durante décadas. Elsie escribió su carta de confesión recién en 1983, casi setenta años después de tomar las fotos. Y Frances, hasta el final, mantuvo su versión sobre al menos una de las imágenes. El engaño fue sostenido, deliberado y extraordinariamente exitoso.
La pregunta que no cierra bien
Hay algo perturbador en la distancia entre Holmes y su creador. El detective que nunca se equivoca porque observa todo con frialdad fue inventado por alguien capaz de ver hadas donde había papel y alfileres.
Quizás la pregunta no es si Conan Doyle era genio o crédulo. Quizás la pregunta es si esas dos cosas se excluyen de verdad, o si la misma imaginación que construye un sistema perfecto de deducción también puede, en otro contexto, creer con la misma intensidad en lo que quiere ver.
¿Puede un genio ser crédulo? ¿O la genialidad en un área nos hace más vulnerables en otra, precisamente porque estamos acostumbrados a tener razón?
