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Colette: la "escandalosa" que Francia sepultó como reina

Firmó con nombre ajeno, actuó en escenarios de varietés y murió con funerales de Estado. La distancia entre esas dos Francias dice todo.

Colette: la "escandalosa" que Francia sepultó como reina

Sidonie-Gabrielle Colette pasó buena parte de su vida siendo demasiado para su época. Al final, su época tuvo que ponerse a la altura.

Cuando murió el 3 de agosto de 1954 en París, Francia le dio algo que nunca le había dado a ninguna mujer: funerales nacionales. El 7 de agosto, el patio del Palais-Royal —donde Colette había vivido desde 1938— se convirtió en el escenario de una despedida de Estado. La primera en su tipo para una mujer, según consigna la Bibliothèque nationale de France.

El nombre que no era el suyo

Para entender el peso de ese funeral, hay que volver al principio. En 1900, apareció Claudine à l'école, primera novela de la saga que la haría famosa. La firma era de Henry Gauthier-Villars, su primer marido, conocido como "Willy". Colette la había escrito; él la firmó.

Las ediciones posteriores fueron ajustando esa deuda de a poco: primero "Willy y Colette", luego "Colette Willy", hasta que el nombre llegó solo, limpio, al lugar que siempre le había correspondido. Ese recorrido de la firma es, en miniatura, la historia de toda su carrera.

Escándalos de varietés, premios de academia

Mientras escribía, Colette también actuaba. Las tablas del music-hall, los escenarios de varietés, una vida pública que la Francia de principios del siglo XX miraba con una mezcla de fascinación y desaprobación. Era demasiado visible, demasiado libre en sus movimientos, demasiado difícil de clasificar.

El reconocimiento institucional llegó tarde y de golpe: en 1945 fue elegida miembro de la Académie Goncourt. En 1949, la presidía. Primera mujer en hacerlo. La institución que premia cada año la mejor novela en lengua francesa tenía, por primera vez, una mujer a la cabeza.

Una tumba sin cruz en el Père-Lachaise

El funeral de Estado tuvo su propio matiz. La Iglesia católica no ofició exequias religiosas: Colette era divorciada, y eso lo impedía según la norma de la época. También hay versiones documentadas de que ella no había pedido ceremonia religiosa. El hecho quedó registrado sin mayor drama, como tantas cosas en su vida: sin pedir permiso y sin necesitar explicación.

Hoy descansa en el cementerio del Père-Lachaise, en una tumba sin cruz.

El país que la miró raro y luego la lloró

Hay algo que vale la pena detenerse a mirar: no es que Francia cambiara de opinión sobre Colette. Es que Colette siguió siendo exactamente la misma —la que firmó con nombre ajeno, actuó en escenarios de varietés, presidió la Goncourt, vivió en el Palais-Royal— y fue el país el que tuvo que recalibrarse.

Eso no la convierte en símbolo de nada en particular. La convierte en algo más interesante: en alguien que hizo su trabajo con suficiente consistencia como para que, al final, hasta sus contemporáneos más reticentes no tuvieran otra opción que reconocerlo.

¿Cuánto de lo que hoy consideramos escandaloso terminará siendo, en cincuenta años, materia de funeral de Estado?

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