Truman Capote llegó a Holcomb, Kansas, pocas semanas después del asesinato de la familia Clutter en noviembre de 1959. Llegó sin grabadora. Sin cuaderno. Y con una teoría sobre cómo escucha la gente cuando siente que la están registrando.
La libreta arruina la conversación
Su argumento era simple: en el momento en que sacas un cuaderno, el entrevistado deja de hablar contigo y empieza a hablar para la historia. Cambia el tono, pesa las palabras, se cuida. La grabadora hacía lo mismo. Capote quería la versión sin filtro, la que sale cuando alguien cree que solo está tomando café con un escritor de Nueva York.
Así que escuchaba. Y después, en cuanto podía, se encerraba a escribir todo lo que había oído.
Dos años entrenando la cabeza
No era improvisación ni talento bruto. Capote se entrenó durante aproximadamente dos años: pedía que alguien leyera pasajes en voz alta, los repetía luego en otra grabadora y cotejaba ambas versiones para medir qué tan fiel era su memoria. Con ese método llegó a afirmar que podía recuperar conversaciones de hasta seis horas con más de un noventa por ciento de fidelidad.
El número exacto, eso sí, dependía del día. George Plimpton lo resumió después de su muerte con una gracia que duele: a veces Capote decía noventa y seis por ciento, a veces noventa y cuatro. Podía recordar todo menos qué porcentaje de memoria tenía.
El libro que cambió el periodismo
Con ese método reconstruyó años de conversaciones con los habitantes de Holcomb, con los investigadores del caso y con los dos condenados, a quienes acompañó incluso en las horas previas a su ejecución en la penitenciaría del estado de Kansas, en abril de 1965. El resultado fue A sangre fría, la obra que popularizó la novela de no ficción y que otros autores del Nuevo Periodismo estadounidense de los años sesenta tomaron como modelo de oficio.
Capote sostuvo siempre que el libro era rigurosamente factual. Que no había inventado nada.
Lo que los archivos dijeron después
El problema es que algunos hechos no esperaron su versión. Documentos del Kansas Bureau of Investigation dados a conocer en 2013 contradicen su relato de cómo se llegó a la detención de los asesinos. Y su biógrafo Gerald Clarke señala que la escena final del libro, ese encuentro en el cementerio entre el detective Alvin Dewey y una amiga de una de las hijas Clutter, es una invención.
No hay forma de saber cuánto más cedió la memoria bajo el peso de seis años de trabajo, de la cercanía con los condenados, del libro que Capote necesitaba que fuera perfecto. Él nunca reconoció haber alterado nada. Los hechos verificados simplemente no siempre coinciden con lo que él escribió.
La pregunta que el método deja abierta
El método de Capote era una decisión de oficio con una lógica real: la conversación más honesta es la que no se siente vigilada. Eso sigue siendo cierto. El costo también: cuando la única fuente de un libro de hechos reales es la cabeza del autor, no hay manera de auditar qué fue memoria y qué fue literatura.
¿Tú confiarías en tu cabeza para reconstruir seis horas de conversación, o anotarías todo aunque eso cambiara lo que el otro te dice?
