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Beckett llevaba al gigante André al colegio en su camioneta

La historia real más absurda de la literatura: el autor de "Esperando a Godot" hacía el recorrido escolar de André el Gigante. No, no es un chiste.

Beckett llevaba al gigante André al colegio en su camioneta

Hay historias que, si las inventaras, nadie te las creería. Samuel Beckett, el irlandés que escribió Esperando a Godot, llevaba todos los días al colegio en su camioneta a un niño enorme que sería André el Gigante.

Sí, leíste bien. El mismo tipo.

El vecino más improbable de la historia

A finales de los años 50, Beckett vivía cerca de Molien, un pueblito rural en Francia. André Roussimoff —que así se llamaba el futuro luchador— era un chico de campo, hijo de un inmigrante búlgaro y una madre polaca, que ya a los 12 años era demasiado grande para caber en el bus escolar.

El padre de André conocía a Beckett. Y Beckett, que tenía camioneta y tiempo, se ofreció a hacer el recorrido.

Dos tipos que no caben en ningún lado

La imagen es demasiado buena: el dramaturgo más asociado al silencio, la espera y la inutilidad existencial, conduciendo a diario a un niño que no cabía en ningún vehículo normal.

Beckett ya era un escritor reconocido, aunque todavía no el Nobel que sería en 1969. André todavía era solo un chico gigante en un pueblo chico.

Según el propio André —quien contó la historia antes de morir en 1993— hablaban de cricket durante el trayecto. Beckett amaba el cricket. André lo escuchaba.

Lo que Godot tiene que ver con todo esto

Esperando a Godot se estrenó en 1953. Trata, en el fondo, de dos personas que esperan a alguien que nunca llega, sin saber muy bien por qué siguen ahí.

Hay algo raro y perfecto en que el hombre que escribió eso haya sido también el que sí llegó, puntual, en camioneta, a buscar a un niño que el sistema escolar había dejado varado.

El canon también tiene anécdotas ridículas

Esta historia circula hace años y siempre genera la misma reacción: incredulidad primero, ternura después. Porque humaniza al monstruo sagrado de la literatura del absurdo de una forma que ningún ensayo académico logra.

Beckett no era un monumento. Era un tipo con camioneta y buen criterio para la conversación.

La pregunta que queda dando vueltas: ¿cuántas otras historias así están enterradas en la vida cotidiana de los escritores que convertimos en estatuas?

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